Federico García Lorca: del lado de los que no tenían nada

Federico García Lorca: del lado de los que no tenían nada

Federico García Lorca nació en una familia acomodada. Su padre era un propietario agrícola de la Vega de Granada y Federico pudo estudiar, viajar y entrar muy pronto en contacto con algunos de los grandes artistas e intelectuales de su tiempo.

Pero hay algo que aparece una y otra vez en su vida y en su obra: su mirada hacia quienes tenían menos.

Mucho antes de convertirse en uno de los escritores más importantes del siglo XX, Lorca ya había observado de cerca la enorme distancia que separaba unas vidas de otras. Había crecido en Fuente Vaqueros, rodeado de campesinos, jornaleros y trabajadores de la Vega granadina.

Cuando regresaba al pueblo y veía a antiguos compañeros de infancia convertidos en trabajadores del campo, le impresionaban sus manos endurecidas y la diferencia entre la vida que ellos habían tenido y la suya. En sus primeros escritos dejó constancia de esa incomodidad ante una desigualdad que sentía demasiado cercana como para ignorarla.

«Yo siempre seré partidario de los pobres»

Con los años, Lorca expresó esa posición de una manera todavía más clara.

En diciembre de 1934, durante una entrevista publicada en El Sol, pronunció una de las declaraciones más conocidas de su vida:

«Yo siempre seré partidario de los pobres. Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada».

Y añadió que a esas personas se les negaba incluso «la tranquilidad de la nada».

Lo importante de aquellas palabras es que Lorca no hablaba desde la pobreza. Sabía perfectamente que procedía de una familia con recursos y que había tenido oportunidades que muchos otros no habían tenido.

Precisamente por eso consideraba que quienes tenían educación, cultura y una voz pública no podían vivir como si el sufrimiento de los demás no existiera.

Federico y el hambre

En los últimos meses de su vida esa preocupación se volvió todavía más explícita. En abril de 1936 habló del hambre y de la desigualdad económica en una entrevista concedida a La Voz.

Imaginó a dos hombres caminando junto a un río. Uno había comido; el otro tenía hambre. El primero podía detenerse a contemplar una barca o un lirio en la orilla, mientras que el segundo era incapaz de ver aquella belleza porque solo podía pensar:

«Tengo hambre».

Para Lorca, mientras existiera ese desequilibrio, una parte de la humanidad no podría disfrutar plenamente ni de la cultura, ni de la belleza, ni siquiera de la propia vida.

Era una idea profundamente lorquiana. Federico amaba la belleza, la música, el teatro y la poesía, pero entendía que es difícil pedirle poesía a quien tiene el estómago vacío.

La cultura tampoco debía pertenecer solamente a unos pocos

Lorca no se limitó a hablar de desigualdad.

En 1932 comenzó una de las aventuras más importantes de su vida: La Barraca, una compañía universitaria de teatro que recorría pueblos representando gratuitamente grandes obras del teatro clásico.

No buscaban únicamente los grandes escenarios de Madrid ni los públicos acomodados de las ciudades. Viajaban a pueblos y zonas rurales donde muchas personas nunca habían tenido la oportunidad de asistir a una representación teatral.

Federico dirigía, actuaba, participaba en los montajes y recorría carreteras junto al resto de los estudiantes.

La idea de fondo era sencilla: la cultura no debía ser un privilegio reservado a quienes podían pagarla o vivían cerca de los grandes centros culturales.

También pertenecía al campesino, al jornalero, a la mujer de un pequeño pueblo y al niño que nunca había visto un escenario.

Nueva York: mirar debajo de los rascacielos

En 1929 Lorca llegó a Nueva York.

La ciudad podía haberlo deslumbrado únicamente por sus rascacielos, su velocidad, sus luces y su riqueza. Sin embargo, Federico dirigió buena parte de su atención hacia quienes quedaban debajo de aquella enorme maquinaria económica.

Miró hacia Harlem. Hacia la población negra. Hacia los desempleados. Hacia quienes vivían al margen de la prosperidad que exhibía la ciudad.

De aquella experiencia nacería Poeta en Nueva York, una de sus obras más intensas y también una de las que muestran con mayor fuerza su preocupación social.

El contraste entre la riqueza de Wall Street y la pobreza que encontraba en otras zonas de la ciudad lo impresionó profundamente.

En sus poemas, la gran ciudad aparece muchas veces como un lugar poderoso y moderno, pero también deshumanizado, donde el dinero y la maquinaria económica parecen imponerse sobre las personas.

Y nuevamente, la mirada de Federico se dirige hacia quienes sufrían las consecuencias.

Gitanos, mujeres, negros, campesinos

Hay algo que se repite constantemente en el universo de Lorca.

Su obra se acerca una y otra vez a personajes que viven en los márgenes o bajo una enorme presión social.

Los gitanos perseguidos del Romancero gitano.

La población negra de Harlem en Poeta en Nueva York.

Las mujeres atrapadas dentro de estructuras sociales asfixiantes en muchas de sus obras teatrales.

Los campesinos y trabajadores de la Andalucía rural.

Los pobres.

Quienes no tenían poder.

Quienes no habían escrito las reglas bajo las que tenían que vivir.

Eso no significa que toda la obra de Lorca pueda reducirse a un programa político. Sería simplificar demasiado a un autor extraordinariamente complejo.

Federico fue, ante todo, poeta y artista.

Pero su arte estuvo profundamente atravesado por la dignidad humana.

La responsabilidad del artista

Hacia el final de su vida, Lorca hablaba cada vez con más claridad sobre la responsabilidad de quienes escribían, pintaban, componían o hacían teatro.

Para él, el artista no podía encerrarse completamente en su propio mundo mientras alrededor existieran hambre, injusticia y desigualdad.

Su manera de responder fue escribir.

Hacer teatro.

Viajar a los pueblos.

Dar voz a personajes que no solían ocupar el centro de la literatura.

Mirar hacia lugares que otros preferían no mirar.

Y decir públicamente, cuando ya era uno de los escritores más conocidos de su generación:

«Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada».

Quizá por eso Federico García Lorca sigue resultando tan contemporáneo.

Porque detrás del poeta, del dramaturgo y del mito aparece una pregunta extraordinariamente sencilla:

¿Hacia dónde miramos cuando no todos parten del mismo lugar?

Federico dejó bastante claro hacia dónde miraba él.

Hacia quienes estaban abajo.

Hacia quienes no tenían voz.

Hacia quienes no tenían nada.


La Bola Negra
ANTIFASCISTAS SIEMPRE.

Hay palabras que no pertenecen al pasado.
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