La sangre, la tierra y la libertad: El Federico que no pudieron callar
Share

A Federico García Lorca nos lo han querido vender muchas veces domesticado, reducido a un par de versos románticos en los libros de texto o a la figura de un poeta inofensivo. Pero Federico era una tormenta. Era la voz cruda que nacía de las entrañas, una amenaza para los poderosos y el pulso acelerado de un sur que no se rinde.
El latido profundo de Andalucía y su poesía La poesía de Lorca no se leía; se respiraba y dolía. Federico entendió el alma andaluza como nadie, capturando ese "duende" indomable que atraviesa el misterio y las cuestas de Granada, que arde bajo el sol de Sevilla y que rompe salvaje en las costas de Cádiz. Hizo de su tierra una bandera, pero su andalucismo no era de pandereta ni de postal turística. Era el de la tierra seca, el de los olivares, el de los jornaleros y el del dolor ancestral. Una Andalucía oscura, mágica y trágica que no agachaba la cabeza ante nadie.
El poeta del pueblo y la República Su compromiso, sin embargo, nunca se quedó a salvo en el papel. Federico bajó la cultura de los pedestales elitistas, la metió en un camión y la echó a las carreteras. Con su compañía teatral "La Barraca", recorrió los caminos de polvo para llevar a Lope de Vega o Cervantes a los pueblos más pobres y olvidados. Lo hizo bajo la bandera de la Segunda República, porque creía ciegamente en un país más justo. Era un republicano convencido de que la educación, el teatro y la poesía eran las únicas armas reales para arrancar al pueblo de la miseria y el caciquismo.
La diana del fascismo Y precisamente por ser imperdonablemente libre, lo mataron. Lorca era todo lo que el fascismo odiaba y a lo que le tenía un terror paralizante: brillante, transgresor, homosexual, defensor acérrimo de los marginados (gitanos, negros, mujeres asfixiadas por la moral) y dueño de una empatía radical que no entendía de clases. Denunció en sus versos a los señoritos, a la represión de capa y tricornio, y al odio en estado puro.
Su asesinato en los barrancos de Víznar, en el verano del 36, fue el intento más sucio y cobarde de silenciar a quien cantaba verdades demasiado incómodas. Creyeron que pegándole un tiro y arrojándolo a una fosa común borraban su figura, pero lo único que hicieron fue convertirlo en semilla.
Reivindicar hoy a Federico es escupirle a la intolerancia. Es reivindicar el antifascismo, ponerse del lado de los que incomodan, rechazar cualquier forma de tiranía y abrazar nuestras raíces con orgullo y fiereza. Esa es la actitud, la resistencia y el duende que corre por las venas de esta marca. Podrán fusilar al hombre, pero la rebeldía no se puede enterrar.
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras con el alma de charol vienen por la carretera.